Acabo de llegar del hospital, no os alarméis, ya se que os interesa mucho mi salud, pero los médicos me han dicho que no es grave. Dicen que tener el mejor primo del mundo no tiene cura pero que el tratamiento me aliviará el dolor.
Mi primo tiene EM (Vamos, que es el mejor, pero ya sabéis que a los doctores les gustan mucho las abreviaturas), aunque algunos se empeñan en llamarlo esclerosis múltiple, cuando es imposible… La EM es una enfermedad degenerativa que no tiene cura y mi primo aún tiene que hacerme muy pero que muy feliz.
Entro en el hospital, y como no, huele a hospital, que para los que no lo frecuenten es un olor muy raro, mezcla de olor a nuevo, con un toque de esperanza y regusto final a muerte tumbado en la cama. Igual que en las películas, te da miedo hasta pisar el suelo, tiene toda la pinta de estar recién limpio, de un blanco que hace daño a los ojos. Serpenteo por sus laberínticos pasillos, más perdido que los modales hoy en día. Y como buen turista me paro a preguntar que por donde puedo llegar a mi destino, pero nada, nadie entiende mi idioma o se hacen los suecos. Mientras tanto mi niño interior sale y sin darme cuenta estoy cogiendo velocidad para deslizarme por el suelo recién encerado, en todo esto me cruzo a la cordura y el saber estar, pero les esquivo con una fantástica pirueta, digna del leopardo que soy.
Por fin llego, estoy muy nervioso, mi tía me había dicho que estaba bastante mal. Una mitad de mí me empujaba a entrar mientras que la otra me decía que saliese corriendo. Como siempre en estas situaciones lo hecho a cara y cruz; no me malinterpretéis, pero creo que es un método de elección infravalorado, en el preciso instante en que la moneda esta girando vertiginosamente en el aire te das cuenta de lo que de verdad te gustaría que saliese y como siempre, nunca miro el resultado.

